Sueños de algodón
En los sueños de las nubes
yo he dormitado,
y tan alto me han llevado
que el mundo de aquí abajo
he olvidado.
Mas como pompas de jabón explotaron,
y bajo las nubes solo hay frío helado
de los yermos páramos
a los que los cálidos rayos
de sol nunca han acariciado.
Y así durante años he vagado
con mi sombra caminando a mi lado.
Mas como el inválido Lázaro,
por el imperativo reavivado,
así mi corazón por el blanco algodón
vuelve a ser elevado,
dejando la sombra en el pasado.
Que solo en este lugar soleado,
lejos del egocentrismo exacerbado,
por encima del cielo contaminado
de las luces, ruidos y codicia
del mundo urbano,
sin miedo a ser juzgado,
se disuelve el yo en el lago
del cosmos inacabado.
Y su belleza brilla tanto
que ni Narciso podría haberla ignorado.
Y su complejidad estremece tanto
que deja mi corazón temblando,
como un niño en el teatro
que, expecante,
espera con los ojos cerrados
que llegue el siguiente acto.
Sonidos de primaverra,
de un día soleado
entre el verdor de aquel prado,
con las abejas que pasan zumbando
y el aire por las lilas perfumado,
recuerdos de cuando me diluí
en el mundo maravillado,
allá en las altas nubles flotando.
Abrí los ojos aquella tarde de sábado,
quince años ya han pasado,
pero en mí ese niño de campo
se ha levantado
del sueño tardío ya acabado,
y ha sonreído al ver,
sorprendido y ensimismado,
que, aun tras tan profundo letargo,
el sol aún brilla en lo alto.
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